Es domingo. Pasaron sesenta y tres días. Tengo en la cabeza el ruido constante de una heladera encendida. Durante las tardes la rutina, que aún sigue ahí, mirándome como si
nada sucediera, me ayuda a solapar las vibraciones del sonido.
Ayer fue de noche todo el día. Me serví una copa de vino antes de cenar y la torpeza la estrelló contra el piso. Junté los restos de vidrio y pasé un trapo para limpiar el enchastre, después encendí el ventilador para apurar aquello que no tenía ninguna urgencia. Pude percibirlo unos minutos después: la melodía ventosa se superpuso con mi cabeza y sentí que ya no estaba condenada a oír. A oírme.
Hoy a la mañana, mientras tomaba café sentada en el balcón y la heladera encendida aumentaba en presencia, recordé un chiste que le hice a mi amiga cuando todo esto comenzó: el tapizado del sillón es gris topo, idéntico a uno de mis pantalones; me saqué una foto y escribí “día tanto: me estoy camuflando entre los muebles.”
Noté que eso era todo. Los ruidos ajenos que opacan el mío, la inmovilidad de los días y la posibilidad de camuflarme. Formo parte de lo inanimado y bullicioso de cualquier casa, porque para los muebles y aparatos, como para mí, no hay afuera.
Todavía pienso en eso, no comprendo qué función puedo cumplir. Quizás algo parecido a un secador de platos, un equipo de música, o las teclas de esta computadora que lograron desenchufar la heladera vieja y poco grácil que me habita.
Camila.
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