Los días sin el diego

Este diario es un intento de entender qué pasa con las figuras populares cuando dejan de ser mortales. O tal vez es solo una persona que busca consuelo.


25 de enero 2021

Cuando murió el Diego fui al bosque. Entre a la cancha por la misma puerta por la que entraba cuando era chica e iba con mi papá a la platea. Pasee un poco antes de ir a la tribuna y se me ocurrió que sería muy lindo ir a tomar mates a la cancha cuando no hay partido. En la tribuna me senté en un costado para que nadie me vea pero yo verlos a todos. La gente caminaba lento. Paseaban. Miraban. Se encontraban y se abrazaban. Cada tanto se escuchaba alguna canción de cancha. Me largue a llorar con la impunidad que me daba el barbijo, cómo si me tapara los ojos.

En un momento vi a un hombre intentando colgar un trapo. Llamó a su amiga para que lo ayude. Ella tenía una bandera como capa y se colgó al alambrado. Le saqué una foto porque me hizo acordar al primer personaje de cancha de quién me acuerdo. Digo personaje porque me gustaría leer una novela que me cuente su vida. 

Entre mis vecinos de platea había una mujer. Era joven, de unos veintilargo-treintaipoco, morocha, pelo lacio siempre recogido. En mi recuerdo usaba riñonera pero seguramente eso es producto de mi imaginación. Producto de mi imaginación es también su nombre. Le puse Laura. 

Dos cosas me llamaban la atención de Laura. La primera es que siempre terminaba parada, mirando el partido en la baranda mientras comía semillitas nerviosa. La segunda es que era mujer. No me hacía ruido la idea de ser mujer e ir a la cancha. El tema es que ella iba con todo. Con todas sus pasiones, todos sus sentimientos. Cantaba, puteaba al referí, alentaba a los jugadores. Gritaba el gol cómo nadie en la platea. 

De chiquita no me gustaba mirar el partido, me gustaba ver a la gente. Y ella era mi favorita. Muchos años después, se me ocurrió pensar que ella me enseñó que podía ser mujer e ir a la cancha. Ir con todo. 

Por eso, esa mujer con capa azul y blanca me hizo acordar a mi heroa de la infancia. La que me enseño amar al lobo.

Hoy dos meses después de la muerte de D10s, elijo hablar de ella.
Porque el Diego es mucho más que un jugador.
Es la excusa para hablar del fútbol, la pasión y la política.


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21 de enero 2021


Hoy vi un video de un taxista napolitano hablando de Diego. Es la primera vez que lo extraño. 


Les escribí a mis amigas “che, extraño a Maradona”. Una amiga me respondió que ella también lo extraña. Otra que todavía le parecía imposible creer que estaba muerto. Yo les conteste que no me parecía imposible, que me había acostumbrado a leer y decir que Maradona está muerto, que para mi es un ejercicio de enunciación. Es solo una forma narrativa. Además nada más humano que la muerte y nadie tan humano cómo Diego. 


Les conté que a Néstor lo extrañé por primera vez en el 2015, el día que supimos que íbamos a ballotage. Llegue a casa, fui a la cocina y me largué a llorar pensando que nadie me veía. Mi papá me vino a consolar y me dijo “Yo ya sé lo que es resistir. Ya vas a aprender”. Me sentí una nena caprichosa porque no se me ocurría una realidad sin el peronismo en el gobierno. Después de ese día lo extrañe muchas veces más. Con mi abuela me pasó algo similar tres meses después de su muerte. Un día me levanté y miré por la ventana pensando que la iba a ver caminar, rengueando cómo siempre. Acto seguido extrañe su abrazo y lloré desconsoladamente. Después de eso la extrañe muchas veces más. Les contaba, entonces, que extraño cuando me doy cuenta que no voy a tener un recuerdo nuevo de esa persona, que ya no hay anécdotas nuevas. Después de ese primer impacto puedo extrañar en el cotidiano, cómo si se me desbloqueara algo. 


Ese día de octubre del 2015 necesité que Nestór nos hablara. Ese otro día de octubre me di cuenta que no le iba a decir feliz cumpleaños a mi abuela. Hoy me di cuenta que no vamos a ver imágenes nuevas de Maradona. Que no voy a tener la foto que siempre quise.


Hace casi dos meses que todos los días veo algo sobre Diego. De repente aparecieron recuerdos, fotos, videos. Cómo si al no poder crear nuevos recuerdos necesitaramos colectivizar nuestros recuerdos individuales. ¿Será eso “mantener viva la memoria”?


Hoy extraño por primera vez a Diego.


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30 de noviembre 2020


No me vengan con eso de que no tienen ídolos. Menos con que no tienen dioses. No les creo nada. Creer en algo es una necesidad humana, como respirar (sepan disculpar el cliché). Hace un tiempo que vengo pensando en que todos creemos en algo. Pero sobre todo en que necesitamos materializarlo, nombrarlo, contarnos una historia. Lo venía pensando. Pero no lo sentía. Supuse que algún día lo iba a sentir.


Ya le decía D10s al Diego. También hablaba de Santa Evita y San Perón apropiandome de una cultura religiosa que nunca me perteneció. Lo decía, lo repetía, a veces creía que lo sentía. Pero lo sentí hace poco, cuando Dios dejó de ser humano.


Los homenajes, las palabras, las imágenes cotidianas de estos primeros días sin el Diego lo vivo cómo en una especie de transe. De repente me emociono con las imágenes que veía siempre: las pintadas, los chicos jugando al fútbol, las remeras de Argentina. Pero esas emociones se mezclan con una sensación de vacío, de que nada tiene sentido. Y así empiezo a sentirlo, cuando se me mezcla la esperanza con la desolación. 


Ahora si tengo un Dios. Uno de verdad, de esos que no lo podes ver pero le podes hablar. 


Querido Diego: algo me tranquiliza, ahora te podemos llamar Dios sin que eso signifique cargarte una mochila sobrehumana. 


Gracias por convertirte en mi Dios

ya inventare una manera de rezarte.







Eva.


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